lunes, 10 de febrero de 2014

El misterio de la Atlantida. Cómo era? Dónde está?

La Atlántida constituye el misterio más grande de la historia. La más completa serie de referencias a la Atlántida que existe en la Antigüedad aparece en los Diálogos Timeo y Critias, de Platón. Sus descripciones de la islacontinente son las más detalladas y completas existentes en los documentos antiguos, exceptuando tal vez los de Egipto, si existieran y fuesen encontrados. Además, Platón no era dado a discutir fábulas, sino que se especializó en filosofía, y se preocupó muy especialmente de precisar que el tema de estos diálogos no era ficción, sino realidad. La primera referencia a la Atlántida aparece en el diálogo llamado Timeo: CRITIAS.— Escuchad pues Sócrates, una historia muy singular, pero absolutamente verídica, sobre lo que dijo cierta vez Solón, el más sabio de los siete sabios. Era, por de pronto, pariente de Orópides, mi bisabuelo, y muy amigo suyo, como dijo él mismo varias veces en sus versos. El contó a Critias, mi abuelo, según ese último en su vejez gustaba de recordar delante de mí, que una gran cantidad de hazañas grandes y maravillosas llevadas a cabo por esta ciudad habían caído en el olvido debido al paso del tiempo y de la muerte de los hombres. Y de estas hazañas había una que era la mayor de todas. Quizá será conveniente recordarla para rendiros gracias y, a la vez, para agasajar dignamente a la diosa en estos días de fiesta, tanto como si le cantáramos un himno de alabanza. SÓCRATES.- Eso está bien dicho. Pero ¿cuál es esta hazaña que Critias contó, no como una simple ficción, sino como un hecho realmente llevado a cabo por esta ciudad en tiempos antiguos, según lo refiere Solón? CRITIAS.- ...Es verdad, Amynandro; si Solón no hubiera hecho sus versos sólo como pasatiempo, si se hubiera aplicado a ello como otros y si hubiera concluido el relato que se había traído de Egipto, si no se hubiera visto forzado por las sediciones y las otras calamidades que a su vuelta encontró aquí a olvidar totalmente la poesía, según mi opinión ni Hesíodo, ni Homero, ni otro poeta alguno hubiera jamás llegado a ser más célebre que él.” “¿Y cuál era ese relato, Critias?”, dijo Amynandro. “Trataba — respondió Critias— de la hazaña más grande y más merecedora de consideración de todas las que esta ciudad ha realizado nunca. Pero, debido al efecto del tiempo y a la muerte de los actores que en ella intervinieron, el relato no ha podido llegar hasta nosotros.” “Vuelve a contárnoslo desde el comienzo — dijo Amynandro-; ¿qué era, cómo se realizó y de quién lo recibió Solón para contarlo como verídico?” “Hay en Egipto —dijo Solón—, en el Delta, hacia cuyo extremo final el curso del río se divide, un cierto nomo llamado Saítico, cuya principal ciudad es Sais. De allí era el rey Amasis. Los naturales de esta ciudad creen que la fundó una diosa: en lengua egipcia su nombre es Neith, pero en griego, según ellos dicen, es Atenea. Esas gentes son muy amigas de los atenienses y afirman ser de alguna manera parientes suyos. Solón contó que, una vez llegado a casa de ellos, adquirió entre éstos una gran consideración y que, habiendo interrogado un día a los sacerdotes más sabios en estas cuestiones acerca de las tradiciones antiguas, había descubierto que ni él mismo, ni otro griego alguno, había sabido de ello prácticamente nada. Y una vez, queriéndoles inducir a hablar de cosas antiguas, se puso él a contarles lo que aquí sabemos como más antiguo.
Les habló de Foroneo, ese a quien se llama el primer hombre, de Níobe, del diluvio de Deucalión, de Pyrra y de los mitos que se cuentan acerca de su nacimiento, y de las genealogías de sus descendientes. Y se esforzó por calcular su fecha, recordando los años en que ocurrieron esos acontecimientos. Pero uno de los sacerdotes, ya muy viejo, le dijo: “Solón, los griegos sois siempre niños: ¡Un griego nunca es viejo! “ A lo que replicó Solón: “¿Cómo dices esto”? Y el sacerdote: “Vosotros sois todos jóvenes en lo que a vuestra alma respecta. Porque no guardáis en ella ninguna opinión antigua, procedente de una vieja tradición, ni tenéis ninguna ciencia encanecida por el tiempo. Y ésta es la razón de ello. Los hombres han sido destruidos y lo serán aún de muchas maneras. Por obra del fuego y del agua tuvieron lugar las más graves destrucciones. Pero también las ha habido menores, ocurridas de millares de formas diversas. Pues eso que también se cuenta entre vosotros de que, cierta vez, Faetón, hijo de Helios, habiendo uncido el carro de su padre, pero incapaz de dirigirlo por el camino que seguía su padre, incendió cuanto había sobre la Tierra y pereció él mismo, herido por un rayo, se cuenta en forma de leyenda. La verdad es ésta: a veces en los cuerpos que dan vueltas al cielo, en torno a la Tierra, se produce una desviación o “paralaje”. Y, con intervalos de tiempo muy espaciados, todo lo que hay sobre la Tierra muere por la superabundancia del fuego. Entonces todos los que habitan sobre las montañas, en los lugares elevados y en los que son secos, mueren, más que los que viven en lugares cercanos a los ríos y al mar. A nosotros, en cambio, el Nilo, nuestro salvador, igual que en otras circunstancias nos preserva también en esta calamidad, desbordándose. Por el contrario, otras veces, cuando los dioses purifican la Tierra por medio de las aguas y la inundan, sólo se salvan los boyeros y los pastores en las montañas, mientras que los habitantes de las ciudades que hay entre vosotros son arrastrados al mar por los ríos. En este país, en cambio, ni entonces, ni en otros casos descienden las aguas desde las alturas a las llanuras, sino que siempre manan naturalmente de debajo de tierra. Por este motivo, se dice, ocurre que se hayan conservado aquí las tradiciones más antiguas. Sin embargo, la verdad es que, en todos los lugares en que ni un frío excesivo ni un calor abrasador pueden hacer perecer la raza humana, siempre existe ésta, unas veces más numerosa, otras veces menos. Y por eso, si se ha realizado alguna cosa bella, grande o digna de nota en cualquier otro aspecto, bien sea entre vosotros, bien aquí mismo, bien en cualquier otro lugar de que hayamos oído hablar, todo se encuentra aquí por escrito en los templos desde la Antigüedad y se ha salvado así la memoria de ello. Pero, entre vosotros y entre las demás gentes, siempre que las cosas se hallan ya un poco organizadas en lo que toca a la recensión escrita y a todo lo demás que es necesario a los Estados, he aquí que nuevamente, a intervalos regulares, como si fuera una enfermedad, las olas del cielo se echan sobre vosotros y no dejan sobrevivir de entre vosotros más que a gente sin cultura e ignorantes. Y así vosotros volvéis a ser nuevamente jóvenes, sin conocer nada de lo que ha ocurrido aquí, ni entre vosotros, ni en los tiempos antiguos. Pues estas genealogías que acabas de citar, ¡oh Solón!, o que al menos acabas de reseñar aludiendo a los acontecimientos que han tenido lugar entre vosotros, se diferencian muy poco de los cuentos de los niños. En principio, vosotros no recordáis más que un diluvio terrestre, siendo así que anteriormente ha habido ya muchos de ésos.
Luego tampoco sabéis vosotros que la raza mejor y la más bella entre los humanos ha nacido en vuestro país, ni sabéis que vosotros y toda vuestra ciudad descendéis de esos hombres, por haberse conservado un reducido número de ellos como semilla. Lo ignoráis porque, durante numerosas generaciones, han muerto los supervivientes sin haber sido capaces de expresarse por escrito. Sí, Solón; hubo un tiempo, antes de la mayor de las destrucciones de las aguas, en que la ciudad que hoy en día es la de los atenienses era entre todas la mejor en la guerra y de manera especial la más civilizada en todos los aspectos. Se cuenta que en ella se llevaron a cabo las más bellas hazañas; allí hubo las más bellas realizaciones políticas de entre todas aquellas de que oímos hablar bajo el cielo.” Habiendo oído esto, Solón dijo que se quedaba sorprendido y, lleno de curiosidad, rogó a los sacerdotes le contaran exactamente y por orden toda la historia de sus conciudadanos de otros tiempos. El sacerdote respondió: “No voy a emplear ninguna clase de reticencia, sino que en tu gracia, ¡oh Solón!, en la de vuestra ciudad y más aún en gracia de la diosa que ha protegido, educado e instruido vuestra ciudad y la nuestra, os la voy a contar. De nuestras dos ciudades es más antigua la vuestra en mil años, ya que ella recibió vuestra semilla de Gaia y Hefesto. Esta nuestra es más reciente. Ahora bien: desde que ese país se civilizó han transcurrido, según dicen nuestros escritos sagrados, ocho mil años. Así pues, os voy a descubrir las leyes de vuestros conciudadanos de hace nueve mil años, y de entre sus hechos meritorios os voy a contar el más bello que ellos llevaron a cabo. Para atender al exacto detalle de todo, lo recorreremos seguidamente otra vez, cuando tengamos tiempo disponible para ello, tomando los mismos textos. Ahora bien, comparad en principio vuestras leyes a las de esta ciudad. Numerosas muestras de las que entonces existían entre vosotros las hallaréis aquí aún hoy en día... Numerosas y grandes fueron vuestras hazañas y las de vuestra ciudad: aquí están escritas y causan admiración. Pero, sobre todo, hay uno que aventaja a los otros en grandiosidad y heroísmo. En efecto, nuestros escritos cuentan de qué manera vuestra ciudad aniquiló, hace ya tiempo, un poder insolente que invadía a la vez toda Europa y toda Asia y se lanzaba sobre ellas al fondo del mar Atlántico. “En aquel tiempo, en efecto, era posible atravesar este mar. Había una isla delante de este lugar que llamáis vosotros las Columnas de Hércules. Esta isla era mayor que la Libia y el Asia unidas. Y los viajeros de aquellos tiempos podían pasar de esta isla a las demás islas y desde estas islas podían ganar todo el continente, en la costa opuesta de este mar que merecía realmente su nombre. Pues, en uno de los lados, dentro de este estrecho de que hablamos, parece que no había más que un puerto de boca muy cerrada y que, del otro lado, hacia afuera, existe un verdadero mar y la tierra que lo rodea, a la que se puede llamar realmente un continente, en el sentido propio del término. Ahora bien: en esta isla Atlántida, unos reyes habían formado un imperio grande y maravilloso. Este imperio era señor de la isla entera y también de otras muchas islas y partes del continente. Por lo demás, en la parte vecina a nosotros, poseía la Libia hasta el Egipto y la Europa hasta la Tirrenia. Ahora bien, esa potencia, concentrando una vez más todas sus fuerzas, intentó, en una sola expedición, sojuzgar vuestro país y el nuestro, y todos los que se hallan a esta parte de acá del estrecho. Fue entonces, ¡oh Solón cuando la fuerza de vuestra ciudad hizo brillar a los ojos de todos su heroísmo y su energía. Ella, en efecto, aventajó a todas las demás por su fortaleza de alma y por su espíritu militar. Primero a la cabeza de todos los helenos, sola luego por necesidad, abandonada por los demás, al borde de los peligros máximos, venció a los invasores, se alzó con la victoria, preservó de la esclavitud a los que nunca habían sido esclavos, y sin rencores de ninguna clase, liberó a todos los demás pueblos y a nosotros mismos que habitamos el interior de las Columnas de Hércules. Pero, en el tiempo subsiguiente, hubo terribles temblores de tierra y cataclismos. Durante un día y una noche horribles, todo vuestro ejército fue tragado de golpe por la tierra, y asimismo la isla Atlántida se abismó en el mar y desapareció. He aquí por qué todavía hoy ese mar de allí es difícil e inexplorable, debido a sus fondos limosos y muy bajos que la isla, al hundirse, ha dejado.”
He aquí algunos párrafos del segundo diálogo, relativo a la Atlántida y llamado Critias o La Atlántida. ...Ante todo, recordemos lo esencial. Han transcurrido en total nueve mil años desde que estalló la guerra, según se dice, entre los pueblos que habitaban más allá de las Columnas de Hércules y los que habitaban al interior de las mismas. Esta guerra es lo que hemos de referir ahora desde su comienzo a su fin. De la parte de acá, como hemos dicho, esta ciudad era la que tenía la hegemonía y ella fue quien sostuvo la guerra desde su comienzo a su terminación. Por la otra parte, el mando de la guerra estaba en manos de los reyes de la Atlántida. Esta isla, como hemos ya dicho, era entonces mayor que la Libia y el Asia juntas. Hoy en día, sumergida ya por los temblores de tierra, no queda de ella más que un fondo limoso infranqueable, difícil obstáculo para los navegantes que hacen sus singladuras desde aquí hacia el gran mar. Los numerosos pueblos bárbaros, así como las poblaciones helenas existentes entonces, irán apareciendo sucesivamente a medida que se irá desarrollando el hilo de mi exposición y se los irá encontrando por su orden. Pero los atenienses de entonces y los enemigos a quienes ellos combatieron es menester que os los presente al comienzo ya y que os dé a conocer cuáles eran las fuerzas y la organización política de los unos y los otros. Y de entre esos dos pueblos hemos de esforzarnos primero por hablar del de la parte de acá. ...Hubo diluvios numerosos y terribles en el transcurso de esos nueve mil años —tal es, en efecto, el intervalo de tiempo que separa la época contemporánea de aquellos tiempos—. En el transcurso de un período tan largo y en medio de esos accidentes, la tierra que se deslizaba desde los lugares elevados no dejaba, como en otras partes, sedimentos notables, sino que rodando siempre, acababa de desaparecer en el abismo. Y tal como podemos advertir en las pequeñas islas, nuestra tierra ha venido a ser, en comparación con la que fuera entonces, como el esqueleto de un cuerpo descarnado por la enfermedad. ...Los manuscritos mismos de Solón estaban en casa de mi abuelo; actualmente se hallan todavía en mi casa, y yo los he estudiado mucho en mi juventud. ...He aquí ahora cuál era aproximadamente el comienzo de este largo relato. Según se ha dicho ya anteriormente, al hablar de cómo los dioses habían recurrido a echar a suertes la tierra entre ellos, ellos dividieron toda la tierra en partes, mayores en unas partes, menores en otras. Y ellos instituyeron allí, en su propio honor, cultos y sacrificios. Según esto, Poseidón, habiendo recibido como heredad la isla Atlántida, instaló en cierto lugar de dicha isla los hijos que había engendrado él de una mujer mortal. Cerca del mar, pero a la altura del centro de toda la isla, había una llanura, la más bella según se dice de todas las llanuras y la más fértil. Y cercana a la llanura, distante de su centro como una cincuentena de estadios, había una montaña que tenía en todas sus partes una altura mediana. En esta montaña habitaba entonces un hombre de los que en aquel país habían nacido originariamente de la tierra. Se llamaba Evenor y vivía con una mujer, Leucippa. Tuvieron una hija única, Clito. La muchacha tenía ya la edad núbil cuando murieron sus padres. Poseidón la deseó y se unió a ella. Entonces el dios fortificó y aisló circularmente la altura en que ella vivía. Con este fin, hizo recintos de mar y de tierra, grandes y pequeños, unos en torno a los otros. Hizo dos de tierra, tres de mar y por así decir, los redondeó, comenzando por el centro de la isla, del que esos recintos distaban en todas partes una distancia igual. De esta manera resultaban infranqueables para los hombres, pues en aquel entonces no había aún navíos ni se conocía la navegación. El mismo Poseidón embelleció la isla central, cosa que no le costó nada, siendo como era dios. Hizo brotar de bajo tierra dos fuentes de agua, una caliente y otra fría, e hizo nacer sobre la tierra plantas nutritivas de toda clase en cantidad suficiente.
Allí engendró y educó él cinco generaciones de hijos varones y mellizos. Dividió toda la isla Atlántida en diez partes. Al primogénito de los dos más viejos le asignó la morada de su madre y la parcela de tierra de su contorno, que era la más extensa y la mejor. Lo estableció en calidad de rey sobre todos los demás. A éstos los hizo príncipes vasallos de aquél y a cada uno de ellos le dio autoridad sobre un gran número de hombres y sobre un extenso territorio. Les impuso nombres a todos; el más viejo, el rey, recibió el nombre que sirvió para designar la isla entera y el mar llamado Atlántico, ya que el nombre del primer rey que reinó entonces fue Atlas. Su hermano mellizo, nacido luego de él, obtuvo en heredad la parte extrema de la isla, por la parte de las Columnas de Hércules, frente a la región llamada hoy día Gadírica, según este lugar; se llamaba en griego Eumelos, y en la lengua del país, Gadiros. Y el nombre que se le dio se convirtió en el nombre del país. Luego, de los que nacieron en la segunda generación, llamó a uno Amferes y al otro Evaimon. En la tercera generación el nombre del primogénito fue Mneseas, y el del segundo fue Autóctono. De los de la cuarta generación llamó Elasippo al primero y Mestor al segundo. Y en la quinta, el que nació primero recibió el nombre de Azaes, y el que nació luego el de Diaprepés. Todos estos príncipes y sus descendientes habitaron el país durante numerosas generaciones. Eran también señores de una gran multitud de otras islas en el mar, y además, como ya se ha dicho, reinaban también en las regiones interiores, de la parte de acá de las Columnas de Hércules, hasta Egipto y Tirrenia. De esta forma nació de Atlas una raza numerosa y cargada de honores. Siempre era rey el más viejo y él transmitía su realeza al primogénito de sus lujos. De esta forma conservaron el poder durante numerosas generaciones. Habían adquirido riquezas en tal abundancia, que nunca sin duda antes de ellos ninguna casa real las poseyera semejantes y como ninguna las poseerá probablemente en el futuro. Ellos disponían de todo lo que podía proporcionar la misma ciudad y asimismo el resto del país. Pues si es verdad que les venían de fuera multitud de recursos a causa de su imperio, la mayor parte de los que son necesarios para la vida se los proporcionaba la isla misma. En primer lugar, todos los metales duros o maleables que se pueden extraer de las minas. Primero, aquel del que tan sólo conocemos el nombre, pero del que entonces existía, además del nombre, la sustancia misma, el oricalco. Era extraído de la tierra en diversos lugares de la isla; era, luego del oro, el más precioso de los metales que existían en aquel tiempo. Análogamente, todo lo que el bosque puede dar en materiales adecuados para el trabajo de carpinteros y ebanistas, la isla lo proveía con prodigalidad. Asimismo, ella nutría con abundancia todos los animales domésticos o salvajes. Incluso la especie misma de los elefantes se hallaba allí ampliamente representada. En efecto, no solamente abundaba el pasto para todas las demás especies, las que viven en los lagos, los pantanos y los ríos, las que pacen en las montañas y en las llanuras, sino que rebosaba alimentos para todas, incluso para el elefante, el mayor y el más voraz de los animales. Por lo demás, todas las esencias aromáticas que aún ahora nutre el suelo en cualquier lugar, raíces, brotes y maderas de los árboles, resinas que destilan de las flores o los frutos, las producía entonces la tierra y las hacía prosperar. Daba también los frutos cultivados y las semillas que han sido hechas para alimentarnos y de las que nosotros sacamos las harinas —sus diversas variedades las llamamos nosotros cereales—. Ella producía ese fruto leñoso que nos provee a la vez de bebidas, de alimentos y de perfumes, ese fruto escamoso y de difícil conservación, hecho para instruirnos y para entretenernos, el que nosotros ofrecemos, luego de la comida de la tarde, para disipar la pesadez del estómago y solazar al invitado cansado. Sí, todos esos frutos, la isla, que estaba entonces iluminada por el sol, los daba vigorosos, soberbios, magníficos, en cantidades inagotables. Así, pues, recogiendo en su suelo todas estas riquezas, los habitantes de la Atlántida construyeron los templos, los palacios de los reyes, los puertos, los arsenales, y embellecieron así todo el resto del país en el orden siguiente. Sobre los brazos circulares de mar que rodeaban la antigua ciudad materna construyeron al comienzo puentes y abrieron así un camino hacia el exterior y hacia la morada real. Este palacio de los reyes lo habían levantado desde el comienzo en la misma morada del dios y sus antepasados. Cada soberano recibía el palacio de su antecesor y embellecía a su vez lo que éste había embellecido. Procuraba siempre sobrepasarle en la medida en que podía, hasta el punto de que quien veía el palacio quedaba sobrecogido de sorpresa ante la grandeza y la belleza de la obra. Comenzando por el mar, hicieron un canal de tres plethros de ancho, cien de profundidad y cincuenta estadios de longitud, y lo hicieron llegar hasta el brazo de mar circular más exterior de todos. De esta manera dispusieron una entrada a los navíos venidos de alta mar, como si fuera un puerto. Practicaron en ella una bocana suficiente para que los mayores navíos pudieran también entrar en el canal. Luego, también en los recintos de tierra que separaban los círculos de agua abrieron pasadizos a la altura de los puentes, de tal tipo que sólo pudiera pasar de un círculo a otro un sólo trirreme, y techaron estos pasadizos, de manera que la navegación era subterránea, pues los parapetos de los círculos de tierra se elevaban suficientemente por encima del mar. El mayor de los recintos de agua, aquel en que penetraba el mar, tenía tres estadios de ancho, y el recinto de tierra que le seguía tenía una anchura igual. En el segundo círculo, la cinta de agua tenía dos estadios de ancho y la de tierra tenía aún una anchura igual a ésta. Pero la cinta de agua que rodeaba inmediatamente a la isla central no tenía más que un estadio de anchura. La isla, en la que se hallaba el palacio de los reyes, tenía un diámetro de cinco estadios. Ahora bien, la isla, los recintos y el puente -que tenía una anchura de un plethro— los rodearon totalmente con un muro circular de piedra. Pusieron torres y puertas sobre los puentes, en todos los lugares por donde pasaba el mar. Sacaron la piedra necesaria de debajo la periferia de la isla central y de debajo de los recintos, tanto al exterior como al interior. Había piedra blanca, negra y roja. Y al mismo tiempo que extraían la piedra, vaciaron dentro de la isla dos dársenas para navíos, con la misma roca como techumbre. Entre las construcciones, unas eran enteramente simples, en otras entremezclaron las diversas clases de piedra y variaron los colores para agradar a la vista, y les dieron así una apariencia naturalmente atractiva. El muro que rodeaba el recinto más exterior lo revistieron de cobre en todo su perímetro circular, como si hubiera sido untado con alguna pintura. Recubrieron de estaño fundido el recinto interior, y el que rodeaba a la misma Acrópolis lo cubrieron de oricalco, que tenía reflejos de fuego. El palacio real, situado dentro de la Acrópolis, tenía la disposición siguiente. En medio de la Acrópolis se levantaba el templo consagrado en este mismo sitio a Clito y Poseidón. Estaba prohibido el acceso a él y estaba rodeado de una cerca de oro. Allí era donde Poseidón y Clito, al comienzo, habían concebido y dado a luz la raza de los diez jefes de las dinastías reales. Allí se acudía, cada año, desde las diez provincias del país, a ofrecer a cada uno de los dioses los sacrificios propios de la estación. El santuario mismo de Poseidón tenía un estadio de longitud, tres plethros de ancho y una altura proporcionada. Su apariencia tenía algo de bárbaro. Ellos habían revestido de plata todo el exterior del santuario, excepto las aristas de la viga maestra: estas aristas eran de oro. En el interior estaba todo cubierto de marfil y adornado en todas partes de oro, plata y oricalco. Todo lo demás, los muros, las columnas y el pavimento, lo adornaron con oricalco. Colocaron allí estatuas de oro, el dios en pie sobre su carro enganchado a seis caballos alados, y era tan grande que la punta de su cabeza tocaba el techo. En círculo, en torno a él, cien Nereidas sobre delfines —ése era el número de las Nereidas, según se creía entonces—. También había en el interior gran número de estatuas ofrecidas por particulares. En torno al santuario, por la parte exterior, se levantaban, en oro, las efigies de todas las mujeres de los diez reyes y de todos los descendientes que habían engendrado, y asimismo otras numerosas estatuas votivas de reyes y particulares, originarias de la misma ciudad o de los países de fuera sobre los que ella extendía su soberanía. Por sus dimensiones y por su trabajo, el altar estaba a la altura de este esplendor, y el palacio real no desdecía de la grandeza del imperio y de la riqueza del ornato del santuario. Por lo que respecta a las fuentes, la de agua fría y la de agua caliente, las dos de una abundancia generosa y maravillosamente adecuadas al uso por lo agradable y por las virtudes de sus aguas, las utilizaban, disponiendo en torno a ellas construcciones y plantaciones adecuadas a la naturaleza misma de las aguas. En todo su derredor instalaron estanques o piscinas, unos al aire libre y otros cubiertos, destinados éstos a los baños calientes en invierno; existían separadamente los baños reales y los de los particulares, otros para las mujeres, para los caballos y las demás bestias de carga, y cada uno poseía una decoración adecuada. El agua que procedía de aquí la condujeron al bosque sagrado de Poseidón. Este bosque, gracias a la calidad de la tierra, tenía árboles de todas las especies, de una belleza y una altura divinas. Desde ahí hicieron derivar el agua hacia los recintos de mar exteriores, por medio de canalizaciones instaladas siguiendo lo largo de los puentes. Por esta parte se habían edificado numerosos templos dedicados a muchos dioses, gran número de jardines y gran número de gimnasios para los hombres y de picaderos para los caballos. Estos últimos se habían construido aparte en las islas anulares, formadas por cada uno de los recintos. Además, hacia el centro de la isla mayor habían reservado un picadero para las carreras de caballos; tenía un estadio de ancho y suficiente longitud para permitir a los caballos que, en la carrera, recorrieran el circuito completo del recinto. En todo el perímetro, de un extremo al otro, había cuarteles para casi todo el efectivo de la guardia del príncipe. Los cuerpos de tropa más seguros estaban acuartelados en el recinto más pequeño, el más próximo a la Acrópolis. Y aún para los que se señalaban entre todos por su fidelidad, se les habían dispuesto alojamientos en el interior mismo de la Acrópolis, cerca del palacio real. Los arsenales estaban llenos de trirremes y poseían todos los aparejos necesarios para armarlos; todo estaba estibado en un orden perfecto. Así estaba todo dispuesto en torno a la morada real. Al atravesar los puertos exteriores, en número de tres, había una muralla circular que comenzaba en el mar y distaba constantemente cincuenta estadios del recinto más extenso. Esta muralla acababa por cerrarse sobre sí misma en la garganta del canal que se abría por el lado del mar. Estaba totalmente cubierta de casas en gran número y apretadas unas contra otras. El canal y el puerto principal rebosaban de barcos y mercaderes venidos de todas partes. La muchedumbre producía allí, de día y de noche, un continuo alboroto de voces, un tumulto incesante y diverso. Sobre la ciudad y sobre la antigua morada de los reyes, lo que acabamos de contar es prácticamente todo lo que la tradición nos conserva. Vamos a intentar ahora recordar cuál era la disposición del resto del país y de qué manera estaba organizado. En primer lugar, todo el territorio estaba levantado según se dice, y se erguía junto al mar cortado a pico. Pero, en cambio, todo el terreno en torno a la ciudad era llano. Esta llanura rodeaba la ciudad y ella misma a su vez estaba cercada de montañas que se prolongaban hasta el mar. Era plana, de nivel uniforme, oblonga en su conjunto; medía, desde el mar que se hallaba abajo, tres mil estadios en los lados y dos mil en el centro. Esta región, en toda la isla, estaba orientada de cara al Sur, al abrigo de los vientos del Norte. Muy alabadas eran las montañas que la cercaban, las cuales en número, en grandeza y en belleza aventajaban a todas las que existen actualmente. En estas montañas había numerosas villas muy pobladas, ríos, lagos, praderas capaces de alimentar a gran número de animales salvajes o domésticos, bosques en tal cantidad y sustancias tan diversas que proporcionaban abundantemente materiales propios para todos los trabajos posibles. Ahora bien, esta llanura, por acción conjunta y simultánea de la Naturaleza y de las obras que realizaran en ella muchos-reyes, durante un período muy largo, había sido dispuesta de la manera siguiente. He dicho ya que tenía la forma de un cuadrilátero, de lados casi rectilíneos y alargado. En los puntos en que los lados se apartaban de la línea recta se había corregido esta irregularidad cavando el foso continuo que rodeaba a la llanura. En cuanto a la profundidad, anchura y desarrollo de este foso, resulta difícil de creer lo que se dice y que una obra hecha por manos de hombres haya podido tener, comparada con otros trabajos del mismo tipo, las dimensiones de aquélla. No obstante, hemos de repetir lo que hemos oído contar.



 El foso fue excavado a un plethro de profundidad: su anchura era en todas partes de un estadio, y puesto que había sido excavado en torno a toda la llanura, su longitud era de diez mil estadios. Recibía las corrientes de agua que descendían de las montañas, daba la vuelta a la llanura, volvía por una y otra parte a la ciudad y allí iba a vaciarse al mar. Desde la parte alta de este foso, unos canales rectilíneos, de una longitud aproximada de cien pies, cortados en la llanura, iban luego a unirse al foso, cerca ya del mar. Cada uno de ellos distaba de los otros cien estadios. Para el acarreo a la ciudad de la madera de las montañas y para transportar por barca los demás productos de la tierra, se habían excavado, a partir de esos canales, otras derivaciones navegables, en direcciones oblicuas entre sí y respecto de la ciudad. Hay que hacer notar que los habitantes cosechaban dos veces al año los productos de la tierra; en invierno utilizaban las aguas del cielo; en verano, las que daba la tierra dirigiendo sus corrientes fuera de los canales. Respecto de los hombres de la llanura buenos para la guerra y sobre el número en que se tenían éstos, hay que decir esto: se había determinado que cada distrito proporcionaría un jefe de destacamento. El tamaño del distrito era de diez estadios por diez, y en total había seis miríadas de ellos. En cuanto a los habitantes de las montañas y del resto del país, sumaban, según se decía, un número inmenso, y todos, según los emplazamientos y los poblados, habían sido repartidos entre los distritos y puestos bajo el mando de sus jefes. Estaba mandado que cada jefe de destacamento proporcionaría para la guerra una sexta parte de carros de combate, hasta reunir diez mil carros, dos caballos y sus caballeros, además de un tiro de dos caballos, sin carro, junto con un combatiente llevado, armado de un pequeño escudo, y el combatiente montado encargado de gobernar a los dos caballos, dos hoplitas, dos arqueros, dos honderos, tres infantes ligeros armados de ballestas, otros tres armados de dardos y, finalmente, cuatro marinos para formar en total la dotación de mil doscientos navíos. Esa era la organización militar de la ciudad real. En cuanto a las otras nueve provincias, cada una tenía su propia organización militar y sería necesario un tiempo demasiado largo para explicarlas. En cuanto a la autoridad y los cargos públicos, se organizaron desde el comienzo de la siguiente manera. De los diez reyes, cada uno ejercía el poder en la parte que le tocaba por herencia, y dentro de su ciudad, gobernaba a los ciudadanos, hacía la mayoría de las leyes y podía castigar y condenar a muerte a quien quería. Pero la autoridad de unos reyes sobre los otros y sus mutuas relaciones estaban reguladas según los decretos de Poseidón. La tradición se los imponía, así como una inscripción grabada por los primeros reyes sobre una columna de oricalco, que se hallaba en el centro de la isla, en el templo de Poseidón. Allí se reunían los reyes periódicamente, unas veces cada cinco años, otras veces cada seis, haciendo alternar regularmente los años pares y los años impares. En estas reuniones deliberaban sobre los negocios comunes y decidían si alguno de ellos había cometido alguna infracción de sus deberes y lo juzgaban. Cuando habían de aplicar la justicia, primero se juraban fidelidad mutua de la manera que sigue. Se soltaban toros en el recinto sagrado de Poseidón. Los diez reyes, dejados a solas, luego de haber rogado al dios que les hiciera capturar la víctima que le habla de ser agradable, se ponían a cazar, sin armas de hierro, solamente con venablos de madera y con cuerdas. Al toro que cogían lo llevaban a la columna y lo degollaban en su vértice, como estaba prescrito. Sobre la columna, además de las leyes, estaba grabado el texto de un juramento que profería los peores y más terribles anatemas contra el que lo violara. Así, pues, luego de haber realizado el sacrificio de conformidad con sus leyes y de haber consagrado todas las partes del toro, llenaban de sangre una crátera y rociaban con un cuajaron de esta sangre a cada uno de ellos. El resto lo echaban al fuego, luego de haber hecho purificaciones en torno a toda la columna. Inmediatamente, sacando sangre de la crátera con copas de oro, y derramándola en el fuego, juraban juzgar de conformidad con las leyes escritas en la columna, de castigar a quien las hubiera violado anteriormente, de no quebrantar en el futuro conscientemente ninguna de las fórmulas de la inscripción y de no mandar ni obedecer más que de acuerdo con las leyes de su padre. Todos tomaban este compromiso para sí y para toda su descendencia. Luego cada uno bebía la sangre y depositaba la copa, como un exvoto, en el santuario del dios. Después de lo cual cenaban y se entregaban a otras ocupaciones necesarias. Cuando llegaba la oscuridad y se había ya enfriado el fuego de los sacrificios, se vestían todos con unas túnicas muy bellas de azul oscuro y se sentaban en tierra, en las cenizas de su sacrificio sagrado. Entonces, por la noche, luego de haber apagado todas las luces en torno al santuario, juzgaban y eran juzgados, si alguno de entre ellos acusaba a otro de haber delinquido en algo. Hecha justicia, grababan las sentencias, al llegar el día, sobre una tablilla de oro, que ellos consagraban como recuerdo, lo mismo que sus ropas. Por lo demás, había otras muchas leyes especiales sobre las atribuciones propias de cada uno de los reyes. Las más notables eran: no tomar las armas unos contra otros; socorrerse todos entre sí, si uno de ellos había intentado expulsar en una ciudad cualquiera una de las razas reales; deliberar en común como sus antepasados; cambiar sus consejos en cuestiones de guerra y otros negocios, orientándose mutuamente, dejando siempre la hegemonía de la raza de Atlas. Un rey no podía dar muerte a ninguno de los de su raza, si éste no era el parecer de más de la mitad de los diez reyes. Ahora bien: el poder que existía entonces en aquel país, con su inmensa calidad y su grandeza, el dios lo dirigió contra nuestras regiones, por lo que se cuenta, y por alguna razón del tipo de la que vamos a dar aquí. Durante numerosas generaciones y en la medida en que estuvo sobre ellos la naturaleza del dios dominándolo todo, los reyes atendieron a las leyes y permanecieron ligados al principio divino, con el que estaban emparentados. Sus pensamientos eran verdaderos y grandes en todo, ellos hacían uso de la bondad y también del juicio y sensatez en los acontecimientos que se presentaban y eso unos respecto de otros. Por eso, despegados de todo aquello que no fuera la virtud, hacían ellos poco caso de sus bienes, llevaban como una carga el peso de su oro y de sus demás riquezas, sin dejarse embriagar por el exceso de su fortuna, no perdían el dominio de sí mismos y caminaban con rectitud. Con una clarividencia aguda y lúcida, veían ellos que todas esas ventajas se ven aumentadas con el mutuo afecto unido a la virtud y que, por el contrario, el afán excesivo de estos bienes y la estima que se tiene de ellos hacen perder esos mismos bienes, y que la virtud muere asimismo con ellos. De acuerdo con estos razonamientos y gracias a la constante presencia entre ellos del principio divino, no dejaban de aumentar en provecho de ellos todos estos bienes que hemos ya enumerado. Pero cuando comenzó a disminuir en ellos ese principio divino, .como consecuencia del cruce repetido con numerosos elementos mortales, es decir, cuando comenzó a dominar en ellos el carácter humano, entonces, in capaces ya de soportar su prosperidad presente, cayeron en la indecencia. Se mostraron repugnantes a los hombres clarividentes, porque habían dejado perder los más bellos de entre los bienes más estimables. Por el contrario, para quien no es capaz de discernir bien qué clase de vida contribuye verdaderamente a la felicidad, fue entonces precisamente cuando parecieron ser realmente bellos y dichosos, poseídos como estaban de una avidez injusta y de un poder sin límites. Y el dios de los dioses, Zeus, que reina con las leyes y que, ciertamente, tenía poder para conocer todos estos hechos, comprendió qué disposiciones y actitudes despreciables tomaba esa raza, que había tenido un carácter primitivo tan excelente. Y quiso aplicar un castigo, para hacerles reflexionar y llevarlos a una mayor moderación. Con este fin, reunió él a todos los dioses en su mansión más noble y bella: ésta se halla situada en el centro del Universo y puede ver desde lo alto todo aquello que participa del devenir. Y habiéndolos reunido, les dijo... No existen pruebas de que Platón terminara el segundo diálogo sobre la Atlántida ni de que escribiera un tercero, sobre el mismo tema, puesto que probablemente lo habría anunciado, y si lo escribió, se ha perdido. El poema Atlantikos, atribuido a Solón, ha desaparecido también, en el discurrir de los siglos. La versión platónica recibió pláceres y críticas desde el mismo momento en que la escribió. Algunos estudiosos sostienen que después de la visita de Solón, el propio Platón viajó a Egipto y corroboró personalmente la información, lo mismo que Krantor, uno de sus discípulos. Afirman también que todos ellos pudieron “ver la prueba”. En todo caso, esta obra de Platón ha tenido considerable influencia en el pensamiento del hombre a lo largo de los siglos y la tiene todavía hoy. Algunos críticos de la teoría de la Atlántida han sugerido que la isla-continente es recordada gracias, únicamente, a las referencias de Platón. Sin embargo, considerando el creciente interés por el tema a lo largo de los siglos, ¿no puede ser que haya ocurrido exactamente lo contrario, al menos en la concepción popular? Aristóteles (384-322 a.C), que fue discípulo de Platón, aparece como uno de los primeros escépticos frente a la teoría de la Atlántida, aunque él mismo escribió acerca de una gran isla situada en el Atlántico, que los cartagineses llamaban Antilia. Krantor (siglo IV a.C.), seguidor de Platón, escribió que él también había visto las columnas en las que se conservaba la historia de la Atlántida según la había relatado Platón. Otros escritores de la Antigüedad describieron un continente que existía en el Atlántico y al que algunas veces llamaron Poseidonis, por Poseidón, dios del mar y señor de la Atlántida. Plutarco (46-120 d.C.) describió un continente llamado Saturnia y una isla llamada Olygia, que se hallaban a unos cinco días de navegación hacia el Occidente de Gran Bretaña. Hornero también menciona el nombre de Olygia como el de la isla donde habitaba la ninfa Calipso. Marcelino (330-395 d.C.), un historiador romano que escribió que la intelectualidad de Alejandría consideraba la destrucción de la Atlántida como un hecho histórico, describió cierto tipo de terremotos “que, repentinamente, en medio de una violenta conmoción abrieron grandes bocas por las que desaparecieron ciertas partes de la tierra. Así ocurrió en el océano Atlántico, en la costa europea, donde una gran isla quedó sumergida ...” Proclo (410-485 d.C.), miembro de la escuela neo-platónica, afirmaba que no lejos del oeste de Europa, había algunas islas cuyos habitantes conservaban todavía el recuerdo de una gran isla que en una época los dominó y que luego fue tragada por el mar. Comentando la teoría de Platón escribió: ...Es evidente que una isla tan grande como aquélla existió, según lo dicho por algunos historiadores acerca del mar exterior. Según ellos, en dicho mar existían siete islas consagradas a Persépona y otras tres de gran tamaño, una de las cuales fue consagrada a Pluto, otra a Amón y otra a Poseidón. 



Esta última tenía una extensión de mil estadios. Dicen también que los habitantes de esta isla consagrada a Poseidón conservan la memoria de sus antecesores y de la isla atlántica que existió allí y que era realmente maravillosa y que había dominado durante siglos todas las islas del océano Atlántico. También fue consagrada a Poseidón... En La Odisea, Homero (siglo VIII a.C.) pone estas palabras en boca de la diosa Atenea: “Nuestro padre, hijo de Cronos, preclaro gobernante... mi corazón está destrozado por el sabio Odiseo, hombre desgraciado, que abandonó hace tanto tiempo a sus amigos y que vive tristemente en una isla situada en el centro mismo del mar. En esta isla boscosa habita una diosa, hija del habilidoso Atlas, que conoce la profundidad de cada mar y conserva los altos pilares que separan el cielo de la tierra...” La referencia a Atlas y Crónos resulta especialmente interesante, en relación a la “isla situada en el centro mismo del mar”. Hornero sigue hablando del barco de Odiseo que alcanzó “el límite del mundo. Allí se hallan los territorios y la ciudad de los Kimerioi, envuelta en brumas y nubes...” En La Odisea, el poeta griego hace referencia a Esqueria, una isla situada muy lejos, en el océano, donde los feacios, “viven aparte, muy lejos, sobre la inconmensurable profundidad y en medio de las olas —los más remotos entre los hombres...”. También describe la ciudad de Alanco, atribuyéndole una profusión de riqueza y magnificencia que recuerda la descripción platónica de la Atlántida. Aunque los nombres son distintos, esta poderosa isla de Esqueria es otro indicio del recuerdo de una isla-continente situada más allá de las Columnas de Hércules, en el océano occidental. Puesto que, según Platón, su información básica acerca de la Atlántida provenía de fuentes egipcias, cabe imaginar que otros documentos, en forma de papiros, deberían hacer referencia también a la isla sumergida. En este sentido se han interpretado algunas alusiones que aparecen en documentos antiguos. Por ejemplo, cuando se habla del “reino de los dioses”, miles de años antes de las primeras dinastías egipcias. Además, el sacerdote e historiador Manetho nos ilustra sobre la época aproximada en que los egipcios cambiaron su calendario y coincide con el mismo período en que según Platón se habría producido el hundimiento de la Atlántida, hace 11.500 años. Se cree que en el museo de San Petersburgo existían, antes de la revolución rusa, otros documentos egipcios “perdidos”. Se dice que existía un documento particularmente misterioso en el que se relataba una expedición que había enviado un faraón de la segunda dinastía a investigar lo que había ocurrido con la Atlántida y a descubrir si quedaban restos de ella. Se afirmaba que había regresado al cabo de cinco años, sin haber cumplido su misión, cosa que resulta comprensible. Hay también documentos egipcios que hablan de invasiones de “pueblos del mar” que llegaron “desde los confines del mundo”, ilustrados con pinturas murales monumentales que todavía pueden verse en Medinet-El Fayum. Aunque la mayoría de los pergaminos egipcios debieron resultar quemados en la destrucción de la biblioteca de Alejandría, es posible que existan otros documentos escritos, enterrados en alguna tumba todavía no descubierta y que se mantengan en buen estado de conservación, gracias al clima seco que reina en Egipto.
El historiador griego Heródoto (siglo V a.C.) nos ha dejado referencias diversas respecto a un nombre similar al de Atlántida y a una ciudad misteriosa situada en el océano Atlántico que algunos han considerado como una colonia de la Atlántida o incluso como la Atlántida misma: “Los primeros griegos que realizaron largos viajes —escribe Heródoto—, estaban familiarizados con Iberia (España) y con una ciudad llamada Tartesos, “... más allá de las Columnas de Hércules...” a la vuelta de la cual los primeros comerciantes “obtuvieron un beneficio mayor que el conseguido por griego alguno antes...” (Esto último tiene un tono curiosamente moderno, relacionando los milenios de la remota antigüedad con las flotas mercantes de Niarcos y Onassis.) En otro pasaje de sus obras, Heródoto habla de una tribu llamada Atarantes y también de otra, los Atlantes, “... que toman su nombre de una montaña llamada Atlas, muy puntiaguda y redonda, tan soberbia, además, que, según se dice, la cumbre nunca puede verse, porque las nubes jamás la abandonan, ni en verano ni en invierno...”. Heródoto se sentía interesado tanto en la historia antigua como contemporánea y creía que el Atlántico había penetrado en la cuenca mediterránea como consecuencia de un terremoto que había hecho desaparecer el istmo que era entonces el estrecho de Gibraltar. Luego de hallar fósiles de conchas marinas en las colinas de Egipto también especuló acerca de la posibilidad de que parte de la tierra que en otro tiempo había sido tierra firme hubiera acabado en el mar y, a la inversa, algunos territorios hubieran emergido de las profundidades oceánicas. En Las Guerras del Peloponeso Tucídides (460-400 a.C.), refiriéndose a los terremotos escribió: ... En Orobiari, Eubea, al retirarse el mar de lo que era entonces la línea de la costa y levantarse formando una enorme ala, cubrió una parte de la ciudad y luego se retiró en algunos lugares. Pero en otros la inundación fue permanente y lo que antes era tierra hoy es mar. La gente que no pudo escapar a las tierras altas, pereció. En los alrededores de Atalante, una isla de la costa de Opuntian Locri, se produjo una inundación similar... El historiador griego Timágenes, (siglo I a.C.) comentando acerca de los pobladores de la antigua Galia, pensaba que provenían de una tierra remota en el medio del océano. 



 Un manuscrito llamado Acerca del Mundo, atribuido a Aristóteles, nos da la siguiente evidencia de que entonces se creía en la existencia de otros continentes: ...Pero hay probablemente muchos otros continentes, que están separados del nuestro por el mar, el cual debemos cruzar para llegar hasta ellos. Algunos son grandes y otros más pequeños, pero todos nos resultan invisibles, salvo el nuestro. Porque todas las islas se relacionan con nuestro mar, de la misma forma en que el mundo habitado tiene relación con el Atlántico y muchos otros continentes con el océano todo, porque son islas rodeadas por el mar... El siguiente escrito de Apolodoro (siglo II a.C.), en La Biblioteca contiene una desusada referencia a las Pléyades: ...Atlas y Pleyone, hija de Océano, tuvieron 7 hijas llamadas Pléyades, que nacieron en Arcadia: Alcione, Celena, Electra, Esterope, Taigeta y Maya..., y Poseidón tuvo relaciones sexuales con dos de ellas, primero con Celena, que engendró a Lykos, a quien Poseidón hizo vivir en las islas de Blest, y luego con Alcione... Al referirse a las islas de Blest, en el Atlántico, Plutarco habla de brisas suaves, tenues rocíos y habitantes “que pueden gozar de todas las cosas sin perturbaciones ni trabajos”. Las estaciones son “templadas” y las transiciones “tan moderadas” que se cree firmemente, incluso entre los bárbaros, que éste es el lugar de los bienaventurados y éstos son los Campos Elíseos celebrados por Hornero... Diodoro Siculo (el siciliano, siglo I a.C.) describe con bastante detalle la guerra entre las Amazonas y un pueblo llamado atlantioi. En este caso, las Amazonas provenían de una isla de Occidente llamada Héspera, que sitúa en el pantano de Tritonis “cerca del océano que rodea la tierra” y de la montaña “llamada Atlas por los griegos...” Dice además: “...Se cuenta también la historia de que el pantano Tritonis desapareció durante un terremoto, cuando algunas partes de él que se extendían hacia el océano quedaron divididas en dos...” Diodoro cita además el mito de los atlantioi: ...El reino estaba dividido entre los hijos de Urano, entre los cuales Atlas y Cronos eran los más renombrados. Atlas recibió las regiones de la costa del océano y no sólo dio el nombre de atlantioi a sus pueblos, sino que llamó Atlas a la montaña más grande de la región. Se dice también que perfeccionó la ciencia de la astrología y fue el primero en dar a conocer a la Humanidad la doctrina de la esfera y fue por esta razón por la que se pensó que los cielos todos se apoyaban en las espaldas de Atlas...




Diodoro habla de las hijas de Atlas y Apolodoro y dice que, “...yacieron con los más famosos héroes y dioses y se convirtieron así en los primeros antepasados de la mayor parte de la raza... Estas hijas se distinguían también por su castidad y después de su muerte merecieron honores inmortales entre los hombres, quienes les dieron un trono en los cielos y las llamaron Pléyades...” Además ofrece una amable descripción de la isla atlántica: ...Porque frente a Libia, muy lejos, hay una isla de gran tamaño, y como se encuentra en el océano, está a una distancia de varios días de navegación de Libia, hacia Occidente. Su tierra es fértil, montañosa en gran parte y en otra no pequeña, llana y de gran belleza. A través de ella fluyen ríos navegables que son utilizados para la irrigación y encierra muchos lugares plantados con árboles de todas las variedades e innumerables jardines atravesados por arroyos de agua dulce; hay en ella también villas privadas muy costosas y en medio de los jardines, rodeadas de flores, se han construido casas de banquetes en las que los habitantes pasan el tiempo de verano... Hay también excelente caza, de toda clase de animales y bestias salvajes... Y hablando en términos generales, el clima de la isla es tan suave que produce en abundancia frutos de los árboles y otros propios de las distintas estaciones del año, de manera que parecería que la isla, debido a su felicidad excepcional, es residencia de dioses y no de hombres... Teopompo (siglo IV a.C.) relata una conversación entre el rey Midas y un hombre llamado Sueños, en que se describe un gran continente poblado por tribus guerreras, una de las cuales había intentado conquistar el “mundo civilizado”. (El valor comparativo de esta fuente disminuye un tanto por el hecho de que Silenos era un sátiro a quien el rey Midas capturó, emborrachándolo con vino griego.) Tertuliano (160-240 d.C.) se refiere al hundimiento de la Atlántida al discutir los cambios ocurridos en la Tierra, “... que, incluso ahora, ...está sufriendo transformaciones locales, ...cuando entre sus islas no está ya Délos ...Samos es un montón de arena, ...cuando, en el Atlántico, se busca en vano la isla que era igual en tamaño a Libia o Asia, cuando ...el costado de Italia, cortado en medio por el choque estremecedor de los mares Asiático y Tirreno, deja a Sicilia como sus reliquias...” La referencia a la apertura de los estrechos de Sicilia es comentada también por Filón el Judío (20 a.C.-40 d.C.) quien escribe: Considérese cuántos territorios del continente han sido cubiertos por las aguas, no sólo los que se hallaban cerca de la costa, sino también los que se encontraban en el interior, y piénsese en la gran porción que se ha convertido en mar y ahora es surcada por innumerables barcos. ¿Quién no conoce el más sagrado estrecho siciliano, que en épocas antiguas unía Sicilia al continente de Italia?
Luego cita tres ciudades griegas que yacen en el fondo del mar: Aigara, Boura y Helike (Helike es ahora buscada mediante modernos métodos arqueológicos cerca de la actual ciudad de Corinto) y concluye con una referencia a, “la isla de Atlantes que, como decía Platón... fue lanzada al fondo del mar en un día y una noche, como consecuencia de un terremoto y una inundación extraordinarios”. Arnobio el Africano (siglo III d.C.), un miembro de la primitiva comunidad cristiana, se queja de que ellos eran culpados de todo y pregunta: ¿Fuimos acaso nosotros culpables de que hace diez mil años escaparan una gran cantidad de hombres de la isla llamada Atlántida o Neptuno, como nos dice Platón, y arruinaran y eliminaran a innumerables tribus? Aeliano (Claudius Aelianus, siglo III d.C.) un escritor clásico, hace una alusión muy desusada a la Atlántida en su obra La Naturaleza de los Animales. Al hablar de los “carneros del mar” (que al parecer eran focas) dice que, “...invernan en los alrededores del estrecho que separa Córcega de Cerdeña... el carnero macho tiene alrededor de la frente una cinta blanca. Se diría que se asemeja a la diadema de Lisímaco o Antígono o de algún otro rey macedonio. Los habitantes de las costas del océano dicen que en épocas anteriores los reyes de la Atlántida, que descendían de Poseidón, utilizaban en sus cabezas, como signo de poder, la banda blanca de los carneros machos, y que sus esposas, las reinas, utilizaban como signo de poder las bandas blancas de los carneros hembras...” Esta cita de Aeliano, que ha llegado hasta nosotros a través de los siglos, no como descripción de la Atlántida sino como una nota casual acerca de los adornos usados en la cabeza por los reyes de los atlantes, presta cierto crédito a la creencia, generalmente aceptada en la época clásica, de la existencia de la Atlántida en un período anterior. ¿Qué puede uno inferir de estas y otras alusiones de los autores clásicos? Algunas parecen contradictorias entre sí pese a que los nombres y la forma de escribirlos cambien, parecen existir ciertos puntos comunes. En el antiguo mundo mediterráneo se creía que existían tierras firmen o tal vez un continente en el Atlántico, y se conservaban ciertos recuerdos algo confusos respecto a los contactos que se habían mantenido con ellos y también sobre las hostilidades por parte de fuerzas expedicionarias procedentes de esas tierras. También existía la tradición de que cierto territorio o territorios se habían hundido en el océano. Otro cristiano de la Antigüedad, Cosmas Indico-pleustes (siglo VI d.C.) parece anticipar en varios siglos la pretensión de los rusos de que “nosotros lo inventamos primero” cuando dice que Platón, “expresó puntos de vista similares a los nuestros, con ciertas modificaciones ... Menciona las diez generaciones y también la tierra sumergida en el océano. Y en una palabra, es evidente que todos tomaron sus ideas de Moisés y repitieron sus palabras como si fueran propias...” Aparentemente, Cosmas pensaba en las referencias bíblicas a las generaciones anteriores a la gran inundación que destruyó el pueblo de la tierra debido a su maldad. Pero la referencia bíblica a una inundación es sólo una pequeña parte de una leyenda común a los pueblos de todo el mundo, con excepción de la Polinesia. Desde la óptica de un investigador moderno, entonces, la evidencia escrita no es concluyente. Pero, ¿acaso alguna vez lo es? Debemos recordar que los antiguos no escribían para los investigadores modernos y que, como individuos de una época anterior a los bancos de datos, los microfilmes e incluso la imprenta, tenían una actitud completamente diferente acerca de la información y usaban a los dioses y los mitos como marco de referencia para sus obras.
 Fuente 20minutos.es
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